Biografía de Rodrigo Herrera,
Presidente del Consejo.

Rodrigo Herrera

Puedo decir que la era digital fue la que detonó mi motivación por los negocios a los 11 años. Los videojuegos eran mi pasión y en aquel entonces sólo existían en locales específicos en los que básicamente podías ir a jugar “mesapong”. Llevaba mi ‘domingo’ pero era tal mi gusto por esta nueva forma de jugar, que mi dinero se esfumaba en pocas horas, si no es que en minutos; de ahí mi necesidad de producir dinero, mi razonamiento era simple, más dinero, más horas de videojuegos, más satisfacción.

Un día mi papá, un hombre que empezó de cero lavando coches a los cinco años en Tepito y llegó con mucho esfuerzo a ser Ingeniero Civil Hidráulico y a tener un gran patrimonio,regresaba de Las Vegas –les hablo de principios de los años 80– y me dijo: “Acabo de tirar el dinero de una manera irresponsable apostando y no me pasará más, así que he decidido invertir en el campo en México porque esta abandonado y requiere de mucho ingenio”. Y así empezó a innovar con invernaderos de hidroponía sembrando jitomates. Recuerdo que íbamos a Querétaro y un día le pedí dos cajas de jitomates para venderlas (y así tener más dinero para los videojuegos). Me contestó: “Te doy crédito, pero me las pagas cuando las vendas”. En ese momento empecé a desarrollar el instinto de vender por arriba del precio de compra (concepto muy lógico, pero si lo analizan muchas veces las personas lo entienden a una edad más avanzada).

Junté a varios de mis amigos y nos poníamos en la esquina de la calle donde vivía con el puesto de jitomates. Hay que recordar que era la década de los 80 y no se trababa de una escena común. Nos acercábamos a los coches donde veíamos a señoras manejando (Target) y les hablábamos de las ventajas de los jitomates de hidroponía (USP o Diferenciador) y los jitomates se vendían fácilmente cuando le dábamos 2 kilos al precio de 1 (Call to action). Seguimos vendiendo los jitomates todo el verano, de lunes a domingo, y mis amigos y yo nos sentimos muy realizados.

Así es como comencé a vender y a ganar dinero por primera vez en mi vida. A los 17 años quería empezar a trabajar formalmente mientras seguía estudiando. Entonces tuve la oportunidad de cruzarme con una pequeña ferretería que estaba quebrada y me llamó la atención que la principal causa era que sus ventas eran muy bajas. Pero yo veía el flujo de gente en la calle de López en el Centro de la Ciudad de México y me sentí con la confianza de poder hacer que vendiera más. Mi razonamiento era que si en una calle de poca circulación a los 11 años vendía cajas y cajas de jitomates, aquí sería mucho más fácil.

Ahora tenía un negocio formal, con el esfuerzo que implicaba ir todos los días a la escuela de 7 a.m. a 2 p.m., para luego ir a la ferretería a atender el mostrador hasta las 8 de la noche, hacer el corte de caja y la revisión de inventarios hasta las 10. Y así, otra vez, al día siguiente. Los sábados mi horario era de 10 de la mañana a 8 de la noche. Un nuevo reto surgió cuando llegué a la parte de la contabilidad, aspectos legales y todo lo que aún no había aprendido. Entonces los registros estaban mal de muchas cosas, había gastos mal comprobados, compras sin los requisitos fiscales apropiados y por querer probarles a todos que yo podía solo (grave error de muchos emprendedores) no pedí ayuda ni a mi papá ni a nadie. Me costó casi perder el negocio, pero lo recuperé y a los 18 años logré poner mi segunda ferretería.

A los 20 años, cuando cursaba la Universidad y seguía trabajando con muy buenos resultados, mi papá me pidió que me fuera a trabajar a un negocio que tenía en donde se fabricaban muebles para baños y que iniciaría una etapa de expansión.

Sin embargo, fue durante la crisis y la devaluación de 1994 cuando los créditos que se habían contratado para financiar el crecimiento del negocio familiar se convirtieron en un grave problema de operación. Recuerdo que los intereses se fueron al cielo igual que el tipo de cambio. Vivimos una devaluación del 100% cuando la paridad del dólar frente al peso pasó de 3 a 6 pesos y los Cetes a 28 días llegaron a niveles de 31%. El llamado “error de diciembre” fue muy costoso para los negocios de mi papá.

Fue a los 23 años cuando vi un infomercial y, tomando en cuenta la experiencia que ya tenía en ventas, me pareció muy novedoso el esquema de vender a través de la televisión. Me gustó la idea y pensé que los medicamentos y cosméticos eran productos de gran demanda. Contacté a un grupo de médicos y nació mi primer producto para la piel. Me di cuenta, sin embargo, que en el negocio tenía que incluir otras áreas porque no podía permanecer frente a una computadora esperando que alguien llamara y así nació Genomma Lab.

Empecé con la marca que hoy es Asepxia. Para el año 2000 ya contábamos con 10 marcas en los segmentos de medicamentos de libre venta y cuidado personal, con ventas a través de un call center y posteriormente en puntos de venta. En 2004 iniciamos operaciones internacionales en Perú, expandiéndonos con el tiempo a 14 países.

En junio de 2008 logramos colocar por primera vez en la historia de México, un laboratorio cien por ciento mexicano como empresa pública con operaciones en 20 países.

En 2010 comenzamos con la venta de productos de Genomma Lab en Estados Unidos. Hoy en día nuestras marcas se venden en supermercados para toda la población estadounidense. También en 2010 fui reconocido como ganador del Entrepreneur Of The Year de EY México.

Actualmente presido el Consejo de Administración de Genomma Lab y participo en el programa Shark Tank, con la misión de apoyar de todas las formas posibles al mayor número de emprendedores.